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Textos íntegros de los ganadores del Bienal Literatura de la Uva Beba de Los Santos de Maimona

Textos íntegros de los ganadores del Bienal Literatura de la Uva Beba de Los Santos de Maimona
10 Septiembre 2019 | 16:41 - Redacción

1º Premio: "La Confesión de Bernardina La Sorda" de Joaquín Ortiz:


"Padre, aunque me retuerza como a un trapo húmedo, nunca podré confesarme por teléfono, porque, siendo niña, unas calenturas de yegua percherona me hicieron mear cáscaras de piedra pómez durante semanas, y luego me fueron pudriendo los tímpanos hasta que se apoderó de mí esta sordera de culebra que, como una bendición del altísimo, me protege de pamplinas y sandeces y solo me deja confesarme por escrito.

 
Léame en confesión, pero no me hace falta que absuelva de mis pecados, porque los que fuimos arrancados de raíz de nuestro suelo nunca iremos al infierno, ya lo tenemos convalidado. Quiero que sepa que me fui a su tierra sin nada, que me vine con menos de lo que llevaba y que solo pedí una única cosa que no se me concedió, siempre quise que mi Faustino pudiera disfrutar de una sordera igualita que la mía, una sordera de campana enterrada en barro que lo aislara del mundo. Pero el pobre se me murió infectado, porque mi Faustino, padre, era tan delicao de oídos y tan callao que decía que las palabras son como el café, en cuanto te quedas corto con el azúcar, amargan. Lo quise del derecho y del revés y de todas las maneras que se puede querer a un hombre, pero lo hubiera preferido profundamente sordo, sordo para que las marimantas de aquí, no le apolillaran el ánimo cuando se le metían por las orejas, sordo para que allí, en su tierra, cuando salíamos a tomar pepsicolas y gaseosas, no oyera como nos llamaban españoletos palurdos y otras bagatelas para forasteros.
 
Remedie tanto tiempo de silencio, haga de su homilía un altavoz para que el marido de la sorda no sea también un marido mudo. Diga en su misa que todo este embrollo de dejarse la vida en tierra extraña empezó aquí, hace más de sesenta años, cuando una invasión de fantasmas transparentes y sin densidad empezó a recorrer las calles oscuras con un sigilo de salamanquesas. No arrastraban cadenas, padre, sino que, invisibles como el eco, rebotaban contra las paredes y se metían con la agilidad  del aceite caliente por todos los resquicios de todas aquellas casas en donde escaseaban los garbanzos y sobraban las cucharas. Cuénteles que  al acurruque de la oscuridad, escondidos en los huecos del aire, te zumbaban al oído una letanía mustia y una ponzoña amargosa te supuraba en el  fondo del pecho hasta que te asfixiabas creyendo, con la maleta en la mano, que la infección solo se curaba en otra tierra.
 
Y mi pueblo se fue desbaratando despacio porque aquellos grajos traslúcidos nos fueron arrancando a picotazos las partes más tiernas como si fuéramos un pan caliente sin dueño. Cuente que los primeros síntomas le aparecieron al menudito del Toribio cuando se le arrugó el valor al oírse por dentro: Si las vacas siguen comiendo algarrobas y tagarninas… pronto darán la leche agria y oscura. Y cuente que todo era tan resbaladizo que creímos  que a Reme la Costurera, los espectros la habían obligado a zurcir los labios de los pobres y por eso se fueron tantos y tantos  sin rechistar y sin decir: esta boca es mía.
 
Ya por aquel tiempo, padre, empezaron mis súplicas, recé con todas mis fuerzas para que al Faustino se le cristalizaran los oídos. Llené el topetón de palmatorias y anduve de rodillas implorando su sordera durante años. Pero en una mañana de trilla y de resolana su  cara amaneció marcada por los colores de aquella guerra muda. Unas ojeras negras de insomnio me lo disfrazaron de indio de película porque una matraca nocturna se le metía dentro cada vez que cerraba los ojos. - Faustino, Faustino, qué triste lo del campo, siempre que  la cosecha es buena, vale poco. Cuente que hizo todo lo sabía hacer para que no se lo llevaran. Para no oírles, se fue a dormir a la era, masticó chicles de alcanfor, se tapó los oídos con la cera derretida de las ofrendas de la virgen, se cubrió la cabeza con un morral de loneta, pero cuente también que, en cuanto cerraba los ojos, un miedo fino le escarbaba en el pecho porque aquella carcoma que arañaba como papeles de lija dura se le metía por los oídos royéndole la serenidad.
 
 Aquella epidemia ciega  les descompuso el ánimo a muchas familias del sur. Les licuó el coraje con el orapronobis  de que solo quedaba en la alacena un poco de tocino añejo y manteca rancia. Cuente que para dormir tuvimos que hacernos  los sordos   en los juegos nocturnos del escondite, que nos   disfrazábamos  con barro para que los fantasmas nos confundieran con los barbechos y que nos destrozábamos  la espalda  en el campo para que no pudieran meternos dobladitos en una maleta que nos llevara a otro sitio, a otro lugar, en aquellas noches de aquel tiempo mísero.
 
 Pero explique también, padre, que ese mundo de jugar al toroesconder con la miseria estaba hilvanado con puntadas anchas y que se vino abajo cuando un novenario de tormentas nos arrancó   de un tirón la tranca del aguante. En una semana   descascaritó los garbanzos, pudrió la forrajera, despalilló la cebada y despellejó sin piedad a esos hombre que ya habían perdido el pellejo en el campo. El  estropajo del granizo  le lavó el camuflaje  a los que no tenían ningún sitio para esconderse y cuando salió el sol vimos, una vez más, mi calle llena de cáscaras de familias, de escombros de vida, de maletas y de casas vacías, entre ellas, la mía. Cuéntelo, padre, cuéntelo.
 
 Explique que  el aguacero se llevó a muchos y, los que se quedaron, se tuvieron que agarrar  a la tierra como los gatos a las cortinas. Fue entonces cuando los más resueltos se empezaron a purgar contra aquella epidemia con una vacuna nueva, una vacuna hecha de viñas y de racimos, y en un ritual sagrado, se plantaron con los pies descalzos en medio del laberinto del campo, se untaron el pecho con el bálsamo del vivaporup de las uvas y, envueltos en mosto, decidieron emparentarse con el suelo   enterrando su sudor en las raíces de las cepas para que algo suyo quedara amarrado a  la tierra para siempre.
 
Pero dígales que aunque el suelo les dio la protección que les negó el cielo, cuando cavaban entre planta y planta, miraron mil veces a su alrededor para  asegurarse, antes de soldarse a la tierra, que no había factorías, ni fundiciones, ni nada a dónde aferrarse que no fuera a la azada y a aquellas cuerdas de desamparados que eran las greñas de las cepas. Cuente que los hombres de aquí escupieron el miedo  en cuanto los primeros caldos les recorrieron el circuito de las venas y que  se hicieron labradores  orgullosos porque, por no pedir, no pidieron ni un clavo ardiendo a dónde agarrarse, solo necesitaron amarrarse a los zarcillos de los sarmientos para no caerse al norte. 
 
Declame en su homilía que la suma de muchos cuartos de fanegas crearon una viña gigante hecha de retales de parcelas y cosida con sogas de coraje como si fuera una pieza única. Cuénteles que en el sur explotó una bomba de viñas en el centro del campo y una onda expansiva de hojas y de racimos arrasó el suelo. Una viña verde y única de mosto oxigenado brotó para desinfectarnos los arañazos de las marimantas,  y se metió por todos los rincones del campo y se coló por los padrones e inundó los suelos de cruces de cepas marrones para recordar a los que se fueron. Vocifere, padre, para que se sepa que con ella empezó retoñar una ilusión nueva y renació una confianza olvidada que hizo que los que los que se acostaban en las eras, escondidos entre los balagueros de paja, volvieron a sus camas. Cuente que en otoño, los jornaleros del sur cantan a dos carrillos  para que aquellos  fantasmas silenciosos de la miseria que no echaron de casa, se almidonen con el azúcar del mosto, para que se acartonen y se atasquen en las grietas de un   pueblo nuevo que brota entre las viñas.
 
Lo sé porque me vine. Pero mi  Faustino no supo volver,  se quedó pinchado en un barrizal sin nombre. ¡Ay, Bernardina de mi alma, qué cosa tan triste, el mundo que nos llena la barriga, nos deja vacío el pecho! Lo enterramos, ligerito de tierra, a los pies de su iglesia  porque la carcoma del norte le fue royendo la esperanza de volver, y a golpe de perrilazos secos me lo amansaron y le robaron los sueños para que no se escapara hasta aquí. Por la costura del pijama, como un santocristo, lo clavaron con alfileres al  cabecero de la cama para que no se escurriera hasta el sur, y lo domesticaron  contándole en las noches de vigilia que, las viñas solo eran un espejismo turbio de cruces tristes y que la tierra que pisó lo había borrado y ya no se acordaba de sus pasos. Por eso, el pobre Faustino se fue quedando inmóvil en un purgatorio ajeno, quieto, tan quieto que los médicos, después muchos años, lo dieron por casi muerto.
 
Pero los que son sentios de oídos no saben morirse enteros, padre. Por eso es necesario que  grite en su homilía  hasta que se le ricen las cuerdas vocales,  grite hasta que silben los tubos del órgano del coro, hasta que revienten las vidrieras de cristales. Levante la voz en nombre de los faustinos muditos para se enteren de que las cepas, como gallinitas cluecas, están ahuecando las alas y que una sola sabe dar  más azúcar  que tres docenas de aquellos edificios modernistas.
 
Desgañítese hasta que se comprima el aire del interior de su iglesia, hasta que la presión de todas las palabras que se callaron los desheredados de la tierra empuje las paredes y las capillas hacia afuera, hasta que la iglesia se infle como un globo y absorba el cementerio dejando la tumba del Faustino a los pies del altar mayor. Y cuando lo tenga delante, dígale que ya no está tan triste el campo y que las cepas dan más sombras que los árboles de las Ramblas. Repítaselo hasta que le salgan las lombrices y todas las pamplinas y guarrerías que le infectaron los oídos. No descanse hasta que vea fermentar la tierra de su tumba, hasta que salga un tufillo a vino añejo y escuche decir al mudito de mi marido, interrumpiendo a voces su misa de domingo:
 
-¡Cuidaito, cuidaito con las escorias…que también son uvas, coooño!"

2º Premio: "Los Santos de las Viñas" de Manuel Terrín


I
 
"Los Santos de la Viñas: bella rosa
blanca, redondo cáliz en bandeja
de piedras absolutas, ¿Cuánta vieja
sabiduría yace aquí? Reposa
el trullo de una historia valerosa
en la luz del crepúsculo. ¡Compleja
condición de silencio! El sol refleja
dentelladas de sangre generosa.
Viñedos superpuestos: sementera
erguida en paralelas dimensiones
gestantes. ¡Oh doctrina que supera
pesadumbres desérticas! Pulmones
son las calles de un pecho abierto. Espera
la historia reclinada en los balcones.
 
II
 
Los Santos de Maimona: bella hoguera
quebrada de dimensiones de estatura,
liturgia centenaria, abreviatura
de viñedos en dulce cementera.
Los Santos de Maimona: alta ribera
donde beben los pájaros, locura
de ceñirse la vida a la cintura
con rito de conciencia bodeguera.
Los Santos de Maimona: artesanía
de vino generoso, melodía
fermentada en su propia partitura.
Los Santos de Maimona: luz creadora
que enciende no sé quién, a cualquier hora,
para que el hombre mire hacia la altura.
 
III
 
Después de que quedara refrendado
su legítimo orgullo vinatero,
los agachados van por el sendero
y brota de sus huellas un dorado
manantial. Son felices. Han mojado
los labios en el mosto verdadero
de esta bodega clara. Afán sincero
cuelga luz redentora en su costado.
Los caminos esplenden, larga herida
de polvo abierto, lejos de la sede
donde el ocio concentre su veneno.
Ellos son testimonio de la vida
por derecho de sangre. Nadie puede
decirles que han comido pan ajeno.
 
IV
 
El alma de este pueblo es sacramento
ungido en cáliz de viticultura,
caricia que se enreda a la cintura
a la manera larga del sarmiento.
El alma de este pueblo es sentimiento
derramado en bandeja de llanura
con rojo sobresalto. ¡Qué dulzura
multiplicada, cuánto hermanamiento!
Perspectiva radial, fuego, volumen.
Destellos de amatista que resumen
destellos tibios de encendido prisma.
Tierra de Barros - lámpara labriega –
se reclina amorosa en su bodega
y va ensanchándose sobre ella misma.
 
V
 
Vivir esta ocasión, darle a la vida
otro significado diferente.
Ir a Los Santos de Maimona, puente,
siempre doblando el punto de partida.
Contemplar con pupila agradecida
dorados pabellones de simiente.
Tender en los balcones de poniente
salvaguardia de tierra prometida.
Vivir esta ocasión, esta gozosa
claridad donde esencia soberana
despliega una dorada mariposa.
Depositar el alma en la besana.
Alzar una bodega prodigiosa
y esperar a que suene la campana."

3º Premio: "¡Salud para todos" de Mª Ángeles García

"María y sus primos acostumbraban a subir las escaleras que ascendían a lo alto de la casa al que, en las zonas extremeñas, conocen como doblao. Se le llama así porque dobla los metros útiles de la vivienda significando un gran desahogo para quienes no tienen otras naves anexas al hogar. Dicha escalera, cuyos peldaños eran de fácil acceso, tenía mucho trafago durante el año ya que se subía y bajaba varias veces al día y en épocas concretas era continuo el ajetreo.
   En el doblao había varios apartados: atrojes para el trigo, la avena y la cebada, rincón con cuerdas, esportones, sacos, redes para la recolección tanto de almendras como de aceitunas, cajones de madera para la uva, estantes con tijeras de podar, escardillos, y otros muchos utensilios y aperos de labranza propios de una casa dedicada al campo y que iban tomando protagonismo según la estación del año en la que se encontraran. Estratégicamente colocadas, unas puntas sobresalían clavadas en los maderos del techo.
   Muchas horas durante la siesta, mientras los mayores descansaban, los primos acudían en silencio a este rellano de paz para jugar y contar historias con el fin de entretener a los más pequeñitos. Eran años sin piscinas en los hogares, ni siquiera de las portátiles, por lo que esas horas de soñera, cuando los niños no desean dormir, había que pasarlas de alguna forma entretenida. Fue entonces cuando se habituaron a leer el T.B.O., las novelas de Julio Verne o incluso a ojear algunos figurines que contenían patrones de costura.
   Llegado el mes de Septiembre comenzaba la recolección de la uva y con ella el primer mosto, con el que la abuela solía hacer una bebida dulce a la que llamaba Gloria. Ella sabía darle un aire de misterio diciendo que era una receta antiquísima, pasada de abuelas a nietas en secreto, aunque la verdad era que en la mayoría de las casas de la localidad existía esta bebida que se guardaba para determinadas ocasiones y que todos sabían que contenía mosto de bodega, palos de canela y aguardiente o anís seco. Y el abuelo siempre tenía a mano un rollo de cuerda. Escogía los mejores racimos y los ataba para después colgarlos arriba, en el doblao, en las puntas que asomaban de los maderos. Los nietos se enfadaban porque ellos no alcanzaban a descolgarlos, ni siquiera se les daba bien cogerlas con el guizque. Él les decía que no tuvieran prisa porque esas uvas se guardaban para los días especiales. Entonces ellos se ponían muy contentos, sabían qué significaba ser un día especial, era estar todos juntos, comer en familia.
   Y con la vendimia comenzaba el colegio, lo que suponía la vuelta a casa con sus padres, pues el verano estaba llegando a su fin. Marchaban un poco tristes, aunque deseando que llegara el domingo de cada semana, ese día al que llamaban especial porque comían todos reunidos en casa de los abuelos.
   Cuando llegaban ya olía a sopas de tomate, o cocidas con tocino, o a migas. Y al entrar, dando los buenos días, ya se escuchaba una orden desde la cocina diciendo: ¡Bajadme orégano del doblao! ¡Ah! ¡Y las uvas! Y entonces los niños subían como locos. Ya el abuelo había puesto un palo entre dos sillas de enea con los colgaderos de uvas pertinentes para la ocasión, con el fin de que los nietos accedieran a ellos más fácilmente.
    Se sentaban a la mesa, con el manjar preparado por la abuela y al lado una gran fuente con los racimos de uvas ya lavados y sin la cuerda. A principios de temporada los vagos eran gordos y explotaban en la boca, maridando su jugo a la perfección con la comida servida en los platos. Según iban corriendo las semanas, las uvas se iban pasando un poco más e iban cambiando el sabor, no por ello a peor, sino diferente.
   Pero había un día especial en mayúsculas, el día de Nochevieja. En esa ocasión sí que los primos y el abuelo tenían algo importante que hacer mientras el resto de la familia se dedicaba a organizar todo para la última cena del año. Como un ritual, el abuelo esperaba a que todos los nietos, incluida María, hubiesen llegado y con el papel de aluminio en una mano y unas tijeras de cocina en la otra, subía, eso sí, cada vez con más dificultad, cada peldaño de la escalera de su maravilloso doblao. Allí sentado, con sus nietos formando un corro, iba escogiendo y despezonando las uvas que ya más bien estaban pasadas. Los niños iban contando de doce en doce formando paquetitos con el papel de aluminio hasta tener tantos paquetitos como comensales. Mientras hacían esta labor tan imprescindible para esa noche, María siempre le hacía repetir al abuelo la misma historia de por qué es tradición dar la bienvenida al año con uvas. El abuelo, mirándolos asombrado de que no se aburran siempre del mismo cuento comienza, como si se lo supiera de memoria porque si se salta algún paso los chicos protestan:
-       Pues me contaba mi abuelo Javier que allá por el siglo XIX a la gente rica de la capital le dio por hacer fiesta el día en que entraba el año nuevo y en esa celebración tomaban uvas y champán, algo que era excesivamente caro y no podía permitirse la gente de la calle.- Comenzaba el abuelo.
-       El champán me hace reír con sus burbujas.- Comentaba uno de los pequeños.
-       ¡Chis! - Mandaban a callar los otros, poniéndose el dedo índice en los labios.
-       Por si eso fuera poco,- Seguía el abuelo.- el gobierno prohibió los festejos de la noche de Reyes así es que la gente de a pie tuvo la ocurrencia de emular a los ricos y aunque no tenían para champán, se concentraron en la plaza, al sonido de las campanas del reloj, donde se tomaron las uvas. De esa forma un año y otro, hasta que se tornó en costumbre, así es que hasta hoy nos tomamos doce uvas cuando dan las campanadas del año nuevo.
-       ¿Y la otra historia?- Preguntaba María.
-       Pues me contaba mi abuelo Juan Antonio que en realidad lo que había sucedido era que, a principios de siglo XX, en Alicante, hubo un excedente de uva y no sabiendo qué hacer con tanta cantidad como habían cosechado, se les ocurrió envasarla y promocionar su venta para su consumo en esa primera noche del año. Así envasaron doce uvas, una por cada mes del año. Y cuando las vayáis comiendo tenéis que pensar un deseo en cada una de ellas. Para ver si se cumple hay que esperar al mes en el que lo hayáis pedido.- Finalizaba el abuelo.
-       Pues a mí me gusta más la primera. Me parece más reivindicativa.- Contestaba el mayor de los nietos.
-       Tú, como te vas acercando a la adolescencia, ya empiezas a protestar.- Le contestaba el abuelo, guiñándole un ojo.- Pues no sé cuál de las dos será la verdadera o si realmente hay algo de verdad en cada una de ellas, lo cierto es que cuando las toméis tenéis que tener mucho cuidado de no atragantaros. Se les llama las uvas de la suerte, así es que, a ver si tenemos la suerte de tomarlas una a una y sin ningún percance.
   Y todos bajaban ilusionados con los paquetes hechos, los cuales se guardaban atesorados hasta la hora mágica. Esa noche se solía servir sopa y pollo asado acompañado con vino de pitarra del abuelo para los adultos y gaseosa o simplemente agua para los niños. De postre tomaban arroz con leche o natillas, aunque se solían terminar rápido no sólo porque les encantaban sino porque había que recoger la mesa. Después de la cena se sacaba la Gloria hecha por la abuela, la cual se servía en chupitos, vasitos muy pequeños con el fin de dar pocos sorbos. En el momento de las campanadas cada uno se tomaba las suyas, en completo silencio para escuchar bien y para meditar cada deseo. En la mente de los abuelos todas las uvas contenían el mismo: ¡Salud para todos! Y los besos junto a los abrazos viajaban emocionados por todo el salón de la casa."

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